Sé un hombre
ARTÍCULOS
6/15/2022
Élisabeth Badinter lo explica muy bien: “Para hacer valer su identidad masculina, el hombre deberá convencerse y convencer a los demás (¿veis? La validación del grupo) de tres cosas: que no es una mujer, que no es un bebé y que no es homosexual”, ni homosexual ni cualquier identidad u orientación sexual que se salga de la visión cisheterocéntrica tradicional clásica, claro. Y ojo, no nos van a acompañar en un espacio seguro donde nuestros comportamientos masculinos no hegemónicos sean criticados desde la comprensión y el cariño, no nos van a dar la oportunidad de equivocarnos, aprender y rectificar, no, la sociedad usará la herramienta más potente que existe en nuestras mentes, una herramienta que conocemos muy bien esta década de pandemias y guerras: el miedo. Porque ese introyecto que nos meten a fuego en nuestra cabeza desde pequeñitos que nos dice que seamos un hombre real, viene con el miedo de aliado, no ser un hombre de verdad es una de las peores cosas que nos pueden pasar, nos hiere en lo más profundo de nuestro ser, en nuestra identidad. ¿Qué vas a ser en la vida si no puedes ni ser un hombre?
Y, aunque el comportamiento más común frente al miedo es huir, nuestro cerebro no siempre reacciona así, a veces da la orden de paralizarse y, otras, la de atacar. Frente al miedo, como hombres, atacamos siendo violentos porque la violencia se nos permite, un hombre violento es un hombre respondiendo a su naturaleza, claro. Además, vuelve a entrar en juego la validación del grupo, siendo violentos somos más hombres, si le calzo una bofetada a otro hombre que está insultando a mi mujer, seré más hombre, da igual que sea la ceremonia de entrega de premios de cine más importante del planeta, esa reacción es de ser un hombre. Y no lo digo yo, no hay más que ver todos los comentarios, de hombres, por supuesto, que se publicaron en redes sociales: “Esa bofetada estaba bien dada, se la había ganado”. Os diré una cosa de la que estoy seguro: esa bofetada nacía de una persona que estaba cagada de miedo.
Pero no se trata de justificar comportamientos tóxicos violentos, se trata de entender por qué, de entender de dónde vienen y si esto es lo que queremos. ¿Es real esta forma de concebir al hombre? Por supuesto que no, no hay más que salir a la calle y ver que este modelo de hombre no existe. ¿Realmente estamos los hombres cómodos con un modelo de masculinidad irreal e inalcanzable? Pues ya os digo yo que no, no lo estamos, no sólo porque realizarnos en nuestra identidad sea un mito, también porque nos supone una mutilación enorme de nuestras cualidades humanas más básicas. No es aceptable que un hombre sea dependiente, que no sea capaz de realizar tareas domésticas sencillas para valerse por sí mismo, como tampoco lo es que renunciemos a la crianza de nuestros hijos porque la conciliación sea impensable. ¿De verdad nuestra sexualidad tiene que ser hetero o estar escondida? ¿Esas son las opciones que tenemos? Construir nuestra identidad en base a una orientación sexual única fuera de la diversidad real es totalmente absurdo. ¿Qué sentido tiene no poder expresar nuestras emociones? Realmente ninguno, pero lo que sí tiene es una consecuencia: esa desproporción en la tasa de suicidios cuando explotamos porque ya no podemos más.
No es una cuestión de que estas vivencias no sean aceptables como hombres, no son aceptables como adultos funcionales dentro de una sociedad, seamos o no hombres.
“Sé un hombre”, la frase imperativa que nos han dicho a todos en algún momento de nuestra vida, muchas veces en un momento demasiado temprano como para saber qué hay que hacer para ser un hombre. Aunque realmente no importa mucho si pronto o tarde, porque nadie lo sabe, ni el más anciano del lugar. Os voy a destripar todo lo que voy a contar de un plumazo: nadie sabe lo que hay que hacer para ser un hombre. Se repite como si fuese un mantra, penetra en el cerebro como el mejor de los introyectos, pero nunca nadie nos explicó cómo se es un hombre.
La imprecisión es la mejor aliada de la masculinidad hegemónica: te criticaremos y te juzgaremos constantemente por no ser el hombre que deberías ser, pero no seremos claros sobre cómo se es un hombre de verdad. Sin embargo, este absurdo sistema tiene una regla de oro que le permite sobrevivir y campar a sus anchas por la sociedad patriarcal: “eres más hombre si invalidas a otros por no ser hombres de verdad”, la validación del grupo nos permite ser más hombres cuando invalidamos comportamientos de otros y nos arrastra a los infiernos cuando nos juzgan.
Podemos ser violentos, pero si no somos suficientemente hombres, estamos perdidos. Validaremos a los demás, pero, sobre todo, los invalidaremos constantemente porque en la masculinidad tradicional no hay espacio para todos: nos enseñan a competir para ser el mejor hombre y esto supondrá que competiremos por todo para siempre en nuestra vida: querremos ser el mejor en el deporte, el mejor amante, el que más corre con el coche, el mejor en el trabajo, el que más poder tenga en la empresa, el que más dinero gane y, por supuesto, el más fuerte. Así seremos el mejor hombre, o no, porque, aunque nos enseñan a competir, tampoco hay garantías de que siendo el mejor se sea un hombre de verdad. La imprecisión otra vez.
Y, efectivamente, la violencia va a asociada a la identidad masculina, desde el cine, desde la publicidad, desde el arte, desde el deporte, desde cualquier representación de la sociedad nos venden que la violencia masculina está aceptada y forma parte de nuestra naturaleza. Se nos permite sentir si es un sentimiento violento. Dale un puñetazo a la pared si estás enfadado, pero no llores como un niño, sé un hombre. ¿Quieres mucho a tu amigo cishetero y te alegras mucho de verle? Le puedes abrazar, pero ojo, un abrazo fuerte, brusco, corto, así sí. ¿Estás feliz porque tu equipo ha ganado? Dale ese enfoque masculino, siéntete eufórico, sé un hombre. ¿Estás triste porque ha perdido? Puedes llorar, pero no llores por pena, hazlo sólo si es de rabia.
Llevamos la violencia dentro desde siempre y validarán nuestra fortaleza ejerciendo esa violencia, porque para ser un buen hombre tendremos que ser un hombre fuerte. En esa imprecisión en la definición de ser hombre sí existen unas ideas asociadas a la fuerza, y no sólo a la fuerza física, que también (¿dónde hay un hombre que me abra este tarro?), se trata de ser fuerte a todos los niveles posibles: fuerte psicológicamente (¿un hombre yendo a terapia?), fuerte emocionalmente (¡los hombres no lloran!) y fuerte sexualmente (¿quién no quiere un buen “empotrador” en sus relaciones sexuales?).
Y aunque antes he dicho que nunca nadie nos explicó cómo se es un hombre, esto es una verdad a medias, porque nunca nos dieron una guía en la que apareciesen las instrucciones para ser un hombre de verdad, pero sí nos dijeron lo que no teníamos que hacer, el clásico “los hombres no lloran” nos llega también a los oídos a muy temprana edad, casi siempre mucho antes que el “sé un hombre”.


Y así, nos aferramos a las nuevas masculinidades como salida a la presión constante que supone la masculinidad hegemónica, como punto de partida para el proceso de deconstrucción que supone desmontar todos los mitos e introyectos que nos han grabado en nuestra identidad más profunda y que no nos deja ser otra cosa que un modelo de hombre tóxico.
Las nuevas masculinidades nos liberan de esa presión tan insoportable por ser el mejor todo el rato, por tener que demostrar de forma continua que somos de granito, y nos ofrecen la posibilidad de encajar en un modelo de masculinidad más diversa, donde existen hombres con cuerpos diversos, hombres responsables de tareas de cuidados, donde ejercemos oficios tradicionalmente no de hombres, donde somos vulnerables y tenemos relaciones sanas y entre iguales con otras personas. Esto se traduce en una mejor inteligencia emocional, una mejor gestión de las emociones, una sexualidad más sana y abierta, una paternidad consciente y sana y, en definitiva, una masculinidad más acorde con la realidad. En el fondo, nos aferramos a las nuevas masculinidades como una forma de ser hombres feministas sin tener que subir el monte Everest de una zancada.
Y aquí entran en juego las personas que no se identifican como hombres, ellas también tienen la tarea de apoyarnos en nuestro proceso. Un proceso que tenemos que hacer nosotros y del que no podemos responsabilizar a nadie, ya que bastante tienen ellas con su lucha constante en una sociedad patriarcal que las oprime. Pero tenemos que pensar que los hombres no somos verdugos, que somos también víctimas de un sistema que nos somete. Y este sistema es el mismo que a las mujeres les dice que cobrarán menos por hacer el mismo trabajo, es un sistema heterocéntrico, falocéntrico y coitocentrista. El verdugo tiene un nombre: patriarcado.
Si queremos hombres deconstruidos y conscientes que traten a todo el mundo como su igual, necesitamos un apoyo que vaya más allá de la palmadita en la espalda, necesitamos que no se busque al hombre empotrador, al hombre controlador, al hombre celoso, al hombre siempre disponible, al hombre protector, al hombre dependiente, necesitamos que haya equidad y eso supondrá una actitud proactiva de todos y todas a la hora de dar y recibir. Llegará un día en el que no haga falta una nueva masculinidad, en el que miremos atrás y nos sorprendamos de lo rancio que era necesitar una identidad masculina para sentirse alguien. Soy optimista y sé que los roles de género van a morir, tarde o temprano, que no necesitaremos nada para sentirnos hombres reales porque ni tendremos que sentirnos hombres.
Llegará el día en el que subiremos el Everest y, en la cima, todas seremos feministas.


Este artículo fue escrito para el número 14 de la Revista Ubuntu